Simón Bolívar - Carta de Jamaica

Páginas:133-148
 
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REVISTA DEBATE
NÚMERO 24 DICIEMBRE 2015
Muy señor mío:
Me apresuro a contestar la carta del 29
del mes pasado que V. me hizo el honor
de dirigirme, y yo recibí con la mayor
satisfacción. Sensible, como debo, al
interés que V. ha querido tomar por la
suerte de mi patria, aigiéndose con ella
por los tormentos que padece desde su
descubrimiento hasta estos últimos
períodos, por parte de sus destructores
los españoles, no siento menos el com-
prometimiento en que me ponen las
solícitas demandas que V. me hace,
sobre los objetos más importantes de la
política americana. Así, me encuentro en
un conicto, entre el deseo de corres-
ponder a la conanza con que V. me
favorece, y el impedimento de satisfa-
cerla, tanto por la falta de documentos y
de libros, cuanto por los limitados cono-
cimientos que poseo de un país tan
inmenso, variado y desconocido como el
Nuevo Mundo. En mi opinión es imposi-
ble responder a las preguntas con que V.
me ha honrado. El mismo barón de Hum-
boldt, con su universalidad de conoci-
mientos teóricos y prácticos, apenas lo
haría con exactitud, porque aunque una
parte de la estadística y revolución de
América es conocida, me atrevo a asegu-
rar que la mayor está cubierta de tinie-
blas, y por consecuencia, sólo se pueden
ofrecer conjeturas más o menos aproxi-
madas, sobre todo en lo relativo a la
suerte futura, y a los verdaderos proyec-
tos de los americanos; pues cuantas
combinaciones suministra la historia de
las naciones, de otras tantas es suscepti-
ble la nuestra por sus posiciones físicas,
por las vicisitudes de la guerra, y por los
cálculos de la política. Como me concep-
túo obligado a prestar atención a la apre-
ciable carta de V., no menos que a sus
lantrópicas miras, me animo a dirigir
estas líneas, en las cuales ciertamente no
hallará V. las ideas luminosas que desea,
mas sí las ingenuas expresiones de mis
pensamientos. «Tres siglos ha, dice V.,
que empezaron las barbaridades que los
españoles cometieron en el grande
hemisferio de Colón.» Barbaridades que
la presente edad ha rechazado como
fabulosas, porque parecen superiores a
la perversidad humana; y jamás serían
creídas por los críticos modernos, si
constantes y repetidos documentos no
testicasen estas infaustas verdades. El
lantrópico obispo de Chiapa, el apóstol
de la América, Las Casas, ha dejado a la
posteridad una breve relación de ellas,
extractada de las sumarias que siguieron
en Sevilla a los conquistadores, con el
testimonio de cuantas personas respeta-
bles había entonces en el Nuevo Mundo,
y con los procesos mismos que los tira-
nos se hicieron entre sí; como consta por
los más sublimes historiadores de aquel
tiempo. Todos los imparciales han hecho
justicia al celo, verdad y virtudes de
aquel amigo de la humanidad, que con
tanto fervor y rmeza denunció ante su
gobierno y contemporáneos los actos
más horrorosos de un frenesí sanguina-
rio. ¡Con cuánta emoción de gratitud leo
el pasaje de la carta de V. en que me dice
«que espera que los sucesos que siguie-
Simón Bolívar - Carta de Jamaica
Colaboración: Mgtra. Elena del R. Quintanar.
Fuente: Simón Bolívar, Doctrina del Libertador, Caracas,
Fundación Biblioteca Ayacucho, pág. 66.
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NÚMERO 24 DICIEMBRE 2015
ron entonces a las armas españolas,
acompañen ahora a las de sus contrarios,
los muy oprimidos americanos meridio-
nales»! Yo tomo esta esperanza por una
predicción, si la justicia decide las con-
tiendas de los hombres. El suceso coro-
nará nuestros esfuerzos; porque el des-
tino de América se ha jado irrevocable-
mente; el lazo que la unía a la España está
cortado; la opinión era toda su fuerza;
por ella se estrechaban mutuamente las
partes de aquella inmensa monarquía; lo
que antes las enlazaba ya las divide; más
grande es el odio que nos ha inspirado la
Península que el mar que nos separa de
ella; menos difícil es unir los dos conti-
nentes, que reconciliar los espíritus de
ambos países. El hábito a la obediencia;
un comercio de intereses, de lueces, de
religión; una recíproca benevolencia; una
tierna solicitud por la cuna y la gloria de
nuestros padres; en n, todo lo que for-
maba nuestra esperanza nos venía de
España. De aquí nacía un principio de
adhesión que parecía eterno; no obs-
tante que la inconducta de nuestros
dominadores relajaba esta simpatía; o
por mejor decir este apego forzado por el
imperio de la dominación. Al presente
sucede lo contrario; la muerte, el desho-
nor, cuanto es nocivo, nos amenaza y
tememos; todo lo sufrimos de esa desna-
turalización madrasta. El velo se ha ras-
gado; ya hemos visto la luz y se nos
quiere volver a las tinieblas; se han roto
las cadenas; ya hemos sido libres, y nues-
tros enemigos pretenden de nuevo escla-
vizarnos. Por lo tanto, la América com-
bate con despecho; y rara vez la desespe-
ración no ha arrastrado tras sí la victoria.
Porque los sucesos hayan sido parciales y
alternados, no debemos desconar de la
fortuna. En unas partes triunfan los inde-
pendientes, mientras que los tiranos en
lugares diferentes, obtienen sus ventajas,
¿cuál es el resultado nal? ¿no está el
Nuevo Mundo entero, conmovido y
armado para su defensa? Echemos una
ojeada y observaremos una lucha simul-
tánea en la misma extensión de este
hemisferio. El belicoso Estado de las Pro-
vincias del Río de la Plata ha purgado su
territorio y conducido sus armas vence-
doras al Alto Perú, conmoviendo a Are-
quipa, e inquietando a los realistas de
Lima. Cerca de un millón de habitantes
disfruta allí de su libertad. El reino de
Chile, poblado de 800,000 almas, está
lidiando contra sus enemigos que pre-
tenden dominarlo; pero en vano, porque
los que antes pusieron un término a sus
conquistas, los indómitos y libres arauca-
nos, son sus vecinos y compatriotas; y su
ejemplo sublime es suciente para pro-
barles que el pueblo que ama su inde-
pendencia, por n lo logra. El virreinato
del Perú, cuya población asciende a
millón y medio de habitantes, es sin duda
el más sumiso y al que más sacricios se
le han arrancado para la causa del rey; y
bien que sean varias las relaciones con-
cernientes a aquella porción de América,
es indubitable que ni está tranquila, ni es
capaz de oponerse al torrente que ame-
naza a las más de sus provincias. La
Nueva Granada, que es, por decirlo así, el
corazón de la América, obedece a un
gobierno general, esceptuando el reino
de Quito que con la mayor dicultad con-
tienen a sus enemigos, por ser fuerte-
mente adicto a la causa de su patria, y las
provincias de Panamá y Santa Marta que
sugren, no sin dolor, la tiranía de sus
señores. Dos millones y medio de habi-
tantes están esparcidos en aquel territo-
rio que actualmente deenden contra el
ejército español bajo el general Morillo,
que es verosímil sucumba delante de la
inexpugnable plaza de Cartagena. Mas si
la tomare será a costa de grandes pérdi-

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